Destino: Capítulo VII

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asaban los días.

Dormía como podía acurrucada en el hueco de un árbol cerrcano al carromato de los vendedores. Las noches eran tremendamente oscuras, acostumbrada, como estaba, a la ciudad. El cielo era casi plata de tantas estrellas que se veían. Y el aire estaba lleno de aromas y olores extraños, así como de nuevos sonidos como el del agua corriendo en el río cercano, los frondosos árboles que se mecían con el viento y, sobre todo, el constante quejido de los animales. Lo peor, el aullido de los lobos en la oscuridad.

Además el olor a sangre que impregnaba mi ropa y que ya no había forma de quitar del cuero, me desperrtaba en la noche y alimentaba mis pesadillas. No sé cuantas víctimas habían arrojado a la muerte mi daga y, aunque no serían más de 30 o 40, a mi me parecían demasiadas muertes.

Ahora lo pienso y no puedo más que sonreir.

Por el día todo cambiaba.

La luz lo bañaba todo y los colores eran más vivos, más brillantes y cálidos, a la vez, mucho más que en Ventormenta.

Mi desayuno no solía ser más que algún trozo de pan y manzanas que les compraba a los comerciantes, si es que no había conseguido raíces o frutas por los árboles cercanos.

Llevaba conmigo mi pequeño libro sobre los pícaros y cuando me faltaba el dinero pensaba en ese habilidad especial de ellos para robar y me preguntaba si en verdad yo sería capaz.

Algunos días me dedicaba a ayudarle a los ocupantes de la Abadía, para ganarme algunas monedas, otros cazaba por mi cuenta lobos para poder vender su piel y tener carne para las comidas.

En la Abadía solían cocinarme las carnes si Rutifus, el cocinero, ese día estaba de buen humor.

Cuando comenzaba a caer el sol solía acercarme al río para asearme y quitarme la armadura. No soportaba llevarla todo el tiempo, me apretaba y me rozaban sus burdas costuras.

Aunque un día aprendí que no debía quitarmela más para nada y a tener mis armas siempre a mano.
Fue una noche algo más clara de lo habitual, la luna iluminaba desde lo alto y el cielo estaba despejado. Creo que si no hubiera sido por aquella ventaja no habría salido con vida de aquel encuentro.

Dormía bajo el árbol cuando, de pronto, sin ningún tipo de ruido o aviso, una loba se abalanzó sobre mi. Me despertó un gruñido en el último segundo, cuando sus garras se estaban acercando a mi cara. De una patada la lancé lejos de mi y salí de mi agujero.
Sin armas ni armadura agarré una larga rama del suelo y me defendí como pude.
El combate se alargaba. Ya no sabía si intentaba herirla o sólo defenderme.
Cuando creí que ya no podría más, rompí la rama y le clavé una de las partes en el cielo de la boca con todas mis fuerzas, cuando se abalanzaba a morderme el brazo. Comenzó a gemir lastimosamente y huyó con el rabo entre las piernas.

Me arrastré hasta el árbol y busqué mi daga. Mi giré y me recosté contra el tronco con miedo a que regresara sola, o peor aún con algun otro de su especie.
Estaba destrozada y no tendría fuerzas para continuar la pelea.
Pendiente de todos los movimientos cercanos vi una sombra, una sombra que se deslizaba entre las sombras.
Intenté incorporarme y ésta se alejó rapidamente.

Cuando amaneció pude ver la gravedad de mis heridas. Muchas veces antes me habían arañado, incluso rajado algunas de las partes de mi armadura, pero nunca había sentido nada así.
Eran heridas profundas y seguían sangrando. Las limpié y curé como pude y después con todo el dolor de mi cuerpo me coloqué el traje de cuero y me colgué la daga a la cintura.

Nunca, nunca nadie jamás me volvería a sorprender, ni jamás me quitaría mi armadura. Nadie iba a volver a herirme.

Creo que aquella determinación no vino por mis heridas físicas, pues algo en mi alma se había colocado la armadura. Pensé en Gris y en Shellene.

 

Y así pasé dos días más, leyendo, sin poder hacer otra cosa.

Aunque pronto algo cambiaría mi vida, al fin.

 

Capítulos anteriores:

Destino: Prefacio
Destino: Capítulo I
Destino: Capítulo II
Destino: Capítulo III

Destino: Capítulo IV
Destino: Capítulo V

Destino: Capítulo VI


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