asaban los dĂas.
DormĂa como podĂa acurrucada en el hueco de un árbol cerrcano al carromato de los vendedores. Las noches eran tremendamente oscuras, acostumbrada, como estaba, a la ciudad. El cielo era casi plata de tantas estrellas que se veĂan. Y el aire estaba lleno de aromas y olores extraños, asĂ como de nuevos sonidos como el del agua corriendo en el rĂo cercano, los frondosos árboles que se mecĂan con el viento y, sobre todo, el constante quejido de los animales. Lo peor, el aullido de los lobos en la oscuridad.
Además el olor a sangre que impregnaba mi ropa y que ya no habĂa forma de quitar del cuero, me desperrtaba en la noche y alimentaba mis pesadillas. No sĂ© cuantas vĂctimas habĂan arrojado a la muerte mi daga y, aunque no serĂan más de 30 o 40, a mi me parecĂan demasiadas muertes.
Ahora lo pienso y no puedo más que sonreir.
Por el dĂa todo cambiaba.
La luz lo bañaba todo y los colores eran más vivos, más brillantes y cálidos, a la vez, mucho más que en Ventormenta.
Mi desayuno no solĂa ser más que algĂşn trozo de pan y manzanas que les compraba a los comerciantes, si es que no habĂa conseguido raĂces o frutas por los árboles cercanos.
Llevaba conmigo mi pequeño libro sobre los pĂcaros y cuando me faltaba el dinero pensaba en ese habilidad especial de ellos para robar y me preguntaba si en verdad yo serĂa capaz.
Algunos dĂas me dedicaba a ayudarle a los ocupantes de la AbadĂa, para ganarme algunas monedas, otros cazaba por mi cuenta lobos para poder vender su piel y tener carne para las comidas.
En la AbadĂa solĂan cocinarme las carnes si Rutifus, el cocinero, ese dĂa estaba de buen humor.
Cuando comenzaba a caer el sol solĂa acercarme al rĂo para asearme y quitarme la armadura. No soportaba llevarla todo el tiempo, me apretaba y me rozaban sus burdas costuras.
Aunque un dĂa aprendĂ que no debĂa quitarmela más para nada y a tener mis armas siempre a mano.
Fue una noche algo más clara de lo habitual, la luna iluminaba desde lo alto y el cielo estaba despejado. Creo que si no hubiera sido por aquella ventaja no habrĂa salido con vida de aquel encuentro.
DormĂa bajo el árbol cuando, de pronto, sin ningĂşn tipo de ruido o aviso, una loba se abalanzĂł sobre mi. Me despertĂł un gruñido en el Ăşltimo segundo, cuando sus garras se estaban acercando a mi cara. De una patada la lancĂ© lejos de mi y salĂ de mi agujero.
Sin armas ni armadura agarré una larga rama del suelo y me defendà como pude.
El combate se alargaba. Ya no sabĂa si intentaba herirla o sĂłlo defenderme.
Cuando creĂ que ya no podrĂa más, rompĂ la rama y le clavĂ© una de las partes en el cielo de la boca con todas mis fuerzas, cuando se abalanzaba a morderme el brazo. ComenzĂł a gemir lastimosamente y huyĂł con el rabo entre las piernas.
Me arrastré hasta el árbol y busqué mi daga. Mi giré y me recosté contra el tronco con miedo a que regresara sola, o peor aún con algun otro de su especie.
Estaba destrozada y no tendrĂa fuerzas para continuar la pelea.
Pendiente de todos los movimientos cercanos vi una sombra, una sombra que se deslizaba entre las sombras.
Intenté incorporarme y ésta se alejó rapidamente.
Cuando amaneciĂł pude ver la gravedad de mis heridas. Muchas veces antes me habĂan arañado, incluso rajado algunas de las partes de mi armadura, pero nunca habĂa sentido nada asĂ.
Eran heridas profundas y seguĂan sangrando. Las limpiĂ© y curĂ© como pude y despuĂ©s con todo el dolor de mi cuerpo me coloquĂ© el traje de cuero y me colguĂ© la daga a la cintura.
Nunca, nunca nadie jamás me volverĂa a sorprender, ni jamás me quitarĂa mi armadura. Nadie iba a volver a herirme.
Creo que aquella determinaciĂłn no vino por mis heridas fĂsicas, pues algo en mi alma se habĂa colocado la armadura. PensĂ© en Gris y en Shellene.
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Y asĂ pasĂ© dos dĂas más, leyendo, sin poder hacer otra cosa.
Aunque pronto algo cambiarĂa mi vida, al fin.
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CapĂtulos anteriores:
Destino: Prefacio
Destino: CapĂtulo I
Destino: CapĂtulo II
Destino: CapĂtulo III
Destino: CapĂtulo IV
Destino: CapĂtulo V
Destino: CapĂtulo VI