La última noche – Lidia Contreras

– Estos granjeros idiotas nos harán ricos… jejeje – Decía Furiolo, manteniendo en alto el saquito de monedas.
– La verdad es que asustar a granjeros morosos no es lo que más me divierte. Hace tiempo que no nos mandan matar a nadie. Bufff… – Resopló Piruleta.

Esos eran sus apodos desde que empezaron a trabajar de “intermediarios” para los nobles adinerados. Llevaban tanto tiempo haciéndolo, que nunca usaban ya sus verdaderos nombres.

– Bueno, mira el lado bueno; con estos trabajitos no nos ensuciamos la ropa. No quiero tener que gastar otra vez el sueldo en camisas nuevas. – le replicó Furiolo con una mueca horrenda en la cara.
– En fin – dijo ignorándole- vamos a la posada de La gótica, a ver si tiene algo bueno de comer. –
– ¿En serio tenemos que ir allí? En Andorhal hay más posadas a parte de esa. Ya sabes el mal rollo que me da lo que cuentan de ella. –
– Bah, no seas cagón. ¿A que le tienes miedo, a un poco de magia? – se burló ella.
– Sabes que no es solo magia. Esa mujer trata de devolverle la vida a su marido con nigromancia y artes oscuras… – dijo Furiolo en tono misterioso.
Piruleta se paró en seco y le miró fijamente muy seria.
– A ver… Sabes que su marido murió hace 3 años. Si aún sigue enterrado es porque no le funcionan muy bien las artes oscuras. De todos modos, si consiguiera levantarlo, ¿qué sería si no un montón de huesos? – Sentenció y continuó andando.

Furiolo se quedó un momento pensando en eso y luego la siguió de cerca observando su contoneo de caderas al andar. Había conocido a muchas mujeres en sus viajes, pero siempre acababa volviendo a la cama con ella. La deseaba con locura; sus muslos, sus pechos, su marcada cintura… Siempre habían sido amantes, pero nunca tendrían una relación seria. Ella pensaba que eso entorpecería su trabajo. De pronto Piruleta se detuvo, haciéndole chocar contra ella.

– ¿Pero qué haces? – dijo mirándole por encima del hombro – Que ya hemos llegado.

La posada de Marie o La gótica, como le llamaban los de la ciudad de Andorhal, era pequeña y algo sombría, pero siempre había buena comida y bebida, y pan recién hecho. Andorhal era el mayor distribuidor de grano del reino.

La gótica, era una mujer antaño presumida y muy femenina, pero ahora se había dejado llevar por la edad y la magia negra y aunque intentaba disimularlo durante el día, se le notaba cansada, ojerosa y siempre decepcionada por no conseguir su deseo de traer de vuelta a su marido fallecido.

– ¡Cuánto tiempo sin veros! – dijo efusivamente cuando entraron a la posada – Sentaros, os pondré algo de comer.
– ¿Qué le pasa a esta hoy? Qué feliz se le ve… – Murmuró Piruleta cuando la vio entrar en la cocina.
– Igual ya ha conseguido resucitar a su marido… – Susurró Furiolo en un hilo de voz.
– Shhh… Que vuelve – dijo Piruleta al verla salir otra vez.

La gótica les trajo dos grandes cuencos de sopa humeante con trozos de carne flotando y dos buenas rebanadas de pan calentito. Luego se acercó a la barra y les llenó dos vasos de vino.

– Qué aproveche chicos, ¿Os quedareis a dormir verdad? –
– Si Marie, como siempre. Gracias. – le contestó Piruleta. La gótica volvió a la cocina y ellos dieron buena cuenta de la comida, que solo con olerla ya les había abierto el apetito.
– Buuufff… ¡estoy llena! – dijo ella cuando acabó.
– Solo le has dado un bocado al pan, ¿no quieres más? – le preguntó él mirando con cara de felicidad absoluta, después de haber repetido dos veces sopa.
– No, no. Todo para ti.- Le contestó Piruleta con el estómago rebosante.

Pasaron allí la noche, redescubriendo sus cuerpos hasta quedar agotados. A la mañana siguiente al despertarse, Piruleta vio que Furiolo no estaba en la cama. Al cabo de un momento lo oyó vomitando en el baño.

– Furiolo ¿te encuentras bien? – Le dijo acercándose a la puerta.
– No mucho, creo que anoche cené demasiad… arrggghhh… – Se interrumpió volviendo a vomitar.
– Madre mía, sí que estás mal, si… – Al momento Furiolo salió del baño y fue a tumbarse en la cama.
– Estás poniéndote un poco amarillo. Igual debería buscar un sanador. – Le dijo ella algo asustada.
– No… tranquila… será un empacho. Me quedaré un rato tumbado a ver si se me pasa. – Contestó él al tiempo que se tapaba con la manta.

Como no quería dejarle solo, Piruleta aprovechó la mañana para ducharse y cortarse un poco el pelo con una de sus dagas. A medio día Furiolo no había despertado, aunque seguía teniendo un color muy raro, así que decidió bajar a comer algo e ir a buscar a un sanador.

– Buenos días chiquilla, ¿Quieres comer? Tengo pan recién horneado. ¿Dónde está tu apuesto compañero? No me digas que sigue dormido… – Le dijo La gótica al verle bajar por las escaleras.
– La verdad es que no se encuentra muy bien. Al parecer comió demasiado anoche – Le contestó Piruleta. – Comeré lo que tengas hecho y me iré a buscar un sanador.
– Mmm… Un sanador… si… – Le dijo la posadera pensativa – Te sacaré un buen plato de cordero y un trozo crujiente de pan. Siéntate donde quieras, querida.- y salió como alma que lleva el diablo a la cocina. Piruleta se acomodó en una mesa cerca de la chimenea. La gótica apareció presurosa con un plato de cordero estofado con patatas y una inmensa rodaja de pan.

– ¡Madre mía Marie, creo que te has pasado! – Le dijo con los ojos como platos.
– No te preocupes. Tú come que estás muy delgada. El pan calentito te sentará muy bien. – Le dijo con una extraña mirada cuando volvía de la barra con un vaso de vino – Come, come… –
– A esta mujer le falta una tuerca – Murmuró Piruleta para sí misma. Y empezó a comer estofado. Cuando llevaba medio plato empezó a sentirse mareada.
– Será del vino – Se dijo.

Pero de pronto le vinieron arcadas. Las primeras las pudo aguantar, pero al momento sintió que necesitaba ir al baño. Se levantó rápidamente, pero no le dio tiempo a más y llenó el suelo y la mesa cercana de un espeso vomito verde.

– Querida, creo que tú también tienes empacho – Dijo de pronto La gótica, que había aparecido allí sin hacer el menor ruido y la miraba con una cara de serenidad extrañísima. – No te preocupes. Vuelve a la cama y descansa, yo iré a por el sanador.
– Graci… – Intentó decir Piruleta, pero no puedo acabar la frase debido a una nueva serie de arcadas.

Decidió que lo mejor era hacerle caso y subir a la cama. Cuando entró en la habitación, le dio el tiempo justo de llegar al baño para poder vomitar, pero esta vez fue sangre lo que salió de su boca y manchó sus labios. Asustada, se limpió corriendo en el lavabo, pero no le sirvió de mucho ya que vomitó una vez más. Cada vez era más incontrolable. Estaba empezando a marearse de verdad. ¿Qué le estaba pasando? Cogió agua para limpiar el lavabo y entonces se dio cuenta de que algo se movía.

– Pero ¿Qué demonios…? – Dejó el agua y miro más de cerca. – ¿Gusanos? Puaaaj – Dijo y salió corriendo del baño asqueada y mareada.

Seguía teniendo náuseas y ahora además estaba asustada. No entendía nada. ¿Estaría mal la comida? Entonces oyó voces fuera de la posada. A duras penas se acercó a la ventana. Había una multitud cerca de la entrada de la ciudad. Había guardias reales y el propio Príncipe Arthas.

– ¿Qué dices? ¿Qué el grano ya ha sido enviado a las granjas? Por la luz, estamos perdidos. – Dijo uno de ellos.

¿El grano? Su mente no funcionaba bien, se le estaba nublando la vista. ¿Qué le pasaba al grano? Entonces se acordó del pan y de la insistencia de Marie en que comieran.

– Nos ha envenenado. Marie nos ha envenenado… – Pero su voz se apagaba, se estaba quedando sin fuerzas. Se dejó caer en la cama sentada. – Furiolo… – No había pensado en él desde que había bajado a comer. Se giró tan rápido como le dejaron sus fuerzas y se quedó petrificada. El cuerpo de Furiolo estaba allí, pero se estaba pudriendo. Trozos dispersos del cuerpo estaban cayendo y en su lugar brotaba pus y los mismos gusanos que ella había vomitado.
Piruleta quiso gritar, pero la voz no le salía, empezaba a perder la vista y le pitaban los oídos. La mano en la que se había apoyado para girarse en la cama cedió a su peso y cayó de lado en la cama con la cabeza cerca del pecho de Furiolo que aun respiraba muy lentamente. No estaba muerto.

– Nigromancia… – Pensó.

Y entonces se desmayó.

*           *           *

Cerca de allí La gótica se acercó a una de las tumbas del cementerio.

– Ha llegado el momento, mi amor. – Le habló a la tumba – He servido bien al culto de los malditos. Todo el grano ha sido enviado a las ciudades. Kel’Thuzad me otorgará la oportunidad de una vida nueva. Una vida eterna para encontrar la manera de traerte de vuelta. El veneno ya corre por mis venas – dijo cuando las náuseas empezaron a llegar. Se tumbó al lado de la lápida y le susurró – Pronto estaremos juntos.

Y allí se quedó tumbada. Esperando la ansiada muerte.

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