Un dia en la vida de Ratín y Vagorrio – Xavi Criado

Los primeros rayos de sol bañaban las copas de los árboles de las Laderas de Trabalomas. Cerca de una montaña de las ruinas de Alterac, un cartel metálico cubierto con una fina capa de polvo empezaba a iluminarse. “Tuercaluminosa”, podía leerse en el cartel. Entonces una diminuta mano apareció para limpiar el polvo suavemente con un diminuto paño de tejido de seda de aquél cartel.

Hoy es el día, tiene que estar todo perfecto” – pensó el diminuto ser.

Ratín Tuercaluminosa era el propietario de aquél cartel, así como de la casa que le correspondía. Una casa que, como la de cualquier gnomo, era circular y construida con metal. Disponía de 3 plantas. En la planta baja se encontraba el salón. Contaba con un sofá de cuero basto de color negro pegado a un televisor, que era un invento revolucionario de Ratín. Se suponía que el televisor tendría que traer las noticias de lo que pasaba en Azeroth a todas las casas que dispusieran de uno pero de momento lo único que podía verse en aquella pantalla era la cámara que Ratín Tuercaluminosa había instalado en el sótano. Aquella planta también contaba con una cocina y dentro de esta se hallaba “Chef-E” que era el robot que cocinaba por Ratín. La casa contaba con multitud de estos robots que ayudaban al gnomo tanto en tareas domésticas como en sus estudios de ingeniería.

En la planta superior se hallaba el dormitorio, contaba con una diminuta cama cubierta por una manta de tejido rúnico de muy buena calidad. También había un pequeño escritorio que estaba lleno de papeles, planos, plumas estilográficas y botes de tinta de todos los colores. La estancia estaba muy bien iluminada gracias a una lámpara con forma de giroscopio y varios cañones de luz situados a lo largo de las paredes de la habitación.

Pero era en el sótano donde se encontraba el verdadero tesoro de Ratín Tuercaluminosa. Allí uno podía encontrar de todo de la misma manera que incluso podía perderse entre el amasijo de hierros, tuercas, muelles, planchas de metal, ovillos de lana, restos de experimentos fallidos, cabezas de robots y demás trastos que Ratín almacenaba con entusiasmo. El sótano era también 2 veces más grande que el salón y 4 veces más grande que el dormitorio. Contaba con innumerables pizarras llenas de garabatos, mesas de trabajo, portalámparas móviles y robots de asistencia. Allí, además, también se encontraba la joya de la corona de Ratín. Había estado trabajando durante meses e incluso años en aquello, y hoy era el día de probarlo.

-¿Dónde se habrá metido ese idiota? – Pensó Ratín. – Ya debería haber llegado.

Ya casi a media mañana fue cuando por fin sonó el timbre de la puerta. “Ringggggggggg, ringgggggggg, ringggggggg”.

-¡Ya va, ya va! – Gritó Ratín mientras caminaba hacia la puerta. – ¡Llegas tarde animal del demonio!

Al abrir la puerta Ratín Tuercaluminosa se encontró con la silueta de un ser gigante si lo comparábamos con él. Tenía las manos enormes y llenas de pelo que además le cubría buena parte del resto del cuerpo. En la cabeza, dos cuernos se alzaban orgullosos con una ligera curva en dirección al frente. Sin embargo, era en las patas donde uno encontraba la mayor peculiaridad de ese ser, una de ellas contaba con una inmensa pezuña que hacía juego con el color oscuro del Tauren pero la otra… la otra contaba con una especie de pierna de hierro que sustituía a la que antes había sido de carne, razón por la cual el Tauren se tambaleaba un poco al caminar.

-Lo siento Ratín, últimamente esta pata me mata cada vez que doy un paso. – dijo el Tauren. – ¿Cómo está aquello?

-Bien, bien, he programado ya todas las funciones y coordenadas, si nada sale mal deberíamos ser capaces de llegar a Molino Tarren en cuestión de 0.0000587 segundos. Lo único que me preocupa es volvernos a materializar en el lugar correcto, si hubiera cualquier error… – El gnomo no terminó la frase, pero era evidente que si el experimento fallaba lo pagarían caro. – Aunque para eso habrá tiempo más tarde, déjame ver esa pierna.

Aunque a ojos de cualquier habitante de Azeroth la relación entre un gnomo y un tauren no era demasiado normal, Ratín Tuercaluminosa y Vagorrio Piernamuñón ya hacía muchos años que compartían una amistad.

El gnomo había rescatado al tauren cuando éste apenas era un cachorro en el Campamento Taurajo. Vagorrio había huido durante el asalto de los “Tótem Siniestro” con la mala suerte de caer en una trampa que le atrapó una pierna. Ratín, que se hallaba de aventura, no tuvo más remedio que separar la pierna del cuerpo del Tauren para poder rescatarlo, lo llevó a su casa y allí lo curó, crío y educó. Debido a los problemas que reportaba no tener una pierna Ratín trabajó durante un tiempo en una pierna mecánica para ayudar a Vagorrio que pudo finalmente volver a andar. Desde entonces Ratín y Vagorrio habían vivido cientos de aventuras, iban a explorar a Tierras de la Peste o a Costasur, lanzaban cohetes, diseñaban calabazas de Halloween para venderlas en los mercados de las grandes ciudades o en las casas de subastas e incluso una vez hicieron frente al Yeti que se pasea al sur de las ruinas de Alterac. Por todo ello Ratín se había convertido como un padre para Vagorrio y el gnomo quería tanto como a un hijo al Tauren.

-Bueno, ya está, ahora debería dolerte mucho menos Vagorrio. – Dijo Ratín una vez hubo acabado de reparar la pierna mecánica. – Bien, ¿qué te parece si recogemos unas cuantas flores del jardín? Necesitaremos combustible si queremos que funcione…

-De acuerdo, ¡pero déjame usar la TurboRecolectora ZX-3000 esta veeeeez! – Dijo suplicante el Tauren.

-Ni hablar, la TurboRecolectora es mía, ya lo sabes. – Señaló Ratín.

El gnomo se puso a la espalda una especie de mochila que conectaba a un tubo succionador y salió al jardín junto con su amigo.

-¡Porfavoooooorrrrr! – Insistió Vagorrio con unos ojos brillantes como los de un gatito que pide mimos a su dueño.

-Maldita sea, está bien, ¡pero solo una vez! – Accedió por fin Ratín.

Ratín le pasó el artilugio a Vagorrio que, lleno de emoción y entusiasmo, se lo puso a la espalda y fue corriendo al jardín de Flor de Paz que había fuera de la casa.

-¡Preparados! 3, 2, 1… – Vagorrio inició la cuenta atrás y pulsó el botón rojo. La máquina de su espalda emitió un gran estruendo que resonó por toda la montaña y empezó a vibrar. Vagorrio cogió el tubo fuertemente con las dos manos y apuntó hacia el jardín de flores. Inmediatamente un pequeño tornado salió del tubo del aparato y fue succionando cada una de las flores como si supiera hacia donde debía moverse para atraparlas.

-De acuerdo, ahora solo debemos esperar a que la TurboRecolectora convierta las flores en combustible. – Le dijo Ratín a Vagorrio. – ¿Sabes la importancia que tiene lo que haremos hoy verdad?

-Hace un año que no dejas de repetirlo Ratin. Qué si saldremos en los periódicos, qué si pondrán tu nombre a una estrella, qué un goblin no podría ni soñar con algo así… – Le respondió Vagorrio.

-¡Por supuesto que un goblin no podría ni soñar con algo así! – dijo Ratín enfadado. – Esos idiotas verdes solo piensan en el oro. Escucha Vagorrio, esto es mucho más que un invento, cambiará el estilo de vida de la gente, se trata de un transportador de materia en toda regla. – Puntualizó el gnomo.

Su invento constaba de una plataforma que sujetaba un giroscopio aparentemente normal, el giroscopio iba conectado a una batería que funcionaba con aceite refinado de Flor de Paz, que era extremadamente barato. Si salía bien, la máquina sería capaz de transportarlos desde su hogar en la montaña hasta la casa de Vagorrio que se hallaba en el Molino Tarren en menos de lo que se tarda en parpadear. Con esto Ratín esperaba poder transportar materia a cualquier parte de Azeroth y Terrallende de manera instantánea.

-Vamos, sube. – le dijo Ratín a Vagorrio.- Ha llegado la hora.

El tauren subió al artefacto, y allí se encontraban ambos, como en tantas otras ocasiones, juntos y listos para afrontar una nueva aventura. Se colocaron el capuchón con gafas de aviador y la chaqueta de cuero.

-¡Ratín, estoy muy emocionado! ¡Espero que todo salga bien y nos veamos al otro lado! – le dijo Vagorrio finalmente a Ratín.

-De acuerdo, ¡vamos allá! Calculando ruta… preparando coordenadas… abasteciendo tanque de combustible… preparando reactores… Y por último… ¡el botón Rojo! – dijo Ratín al tiempo que inició su invento.

De pronto dentro de aquél sótano todo se iluminó de repente, el giroscopio empezó a brillar y acto seguido se absorbió a si mismo dejando la sala totalmente desierta.

En el Molino de Tarren acto seguido apareció una chispita y junto a ella apareció el giroscopio con ambos tripulantes a bordo.

-¡Ha sido un éxito! – Gritaron los dos al unísono. – ¡Éxito, éxito, éééééxito!

Ratín y Vagorrio se bajaron de la nave y se estaban fundiendo en un abrazo cuando el giroscopio empezó a temblar. Tembló y se iluminó, empezó a agrietarse y por último estalló.

Los cuerpos de los dos amigos salieron disparados antes de que pudieran hacer nada. Entre humo y fuego el cuerpo de Vagorrio se hallaba cerca de un árbol pero el gnomo había desaparecido completamente.

El brazo del Tauren empezó a moverse una vez se hubo disipado la mayoría de humo. De repente la cabeza de Ratín asomó de entre los brazos de su amigo.

-¡Vagorrio! ¡¿Vagorrio estás bien?! ¡Vagorrio háblame porfavor! – las lágrimas empezaban a asomarse en los ojos del gnomo que empezaba a comprender la gravedad de la situación en la que se encontraba. – Me ha salvado, Vagorrio me ha salvado, me protegió de la explosión y del choque contra este maldito árbol. – pensó mientras observaba el cuerpo inerte del que había sido su fiel compañero tantos años.

Ratín lanzó un grito ahogado, por su culpa había ocurrido aquello. Vagorrio le había alertado muchas veces de la probabilidad que existía de que no saliera bien. Ahora por su culpa el Tauren había muerto, no podría perdonárselo jamás.

Mientras lloraba desconsolado abrazado a Vagorrio, el tauren empezó a moverse ligeramente.

-Coff, coff- Vagorrio tosía.

-¡VAGORRIO!, ¡ESTÁS VIVO! – los ojos de Ratín se abrieron como platos y le dio un abrazo a su amigo que casi le deja sin respiración.

-¿Qué pensabas eh… qué te podrías deshacer de mí tan fácilmente? – a juzgar por el tono de su voz, el tauren había resultado herido aunque parecía que saldría de esta. – Te hará falta algo más que una explosión de nada… Aunque… – el Tauren bajó su mirada al lugar donde debería estar su pierna mecánica. – Parece que voy a necesitar un arreglillo eh… – la pierna había desaparecido producto de la explosión.

-Solucionaremos eso Vagorrio, no te preocupes, lo importante es que estas aquí.- dijo Ratín.

Pasaron dos semanas desde el accidente y Ratín había creado una pierna nueva para Vagorrio, totalmente funcional y mejor articulada que la anterior. El tauren le había agradecido en múltiples ocasiones aquel invento gracias al cual volvería a caminar normalmente.

Se encontraban en la mesa del salón cenando mientras veían en el televisor las imágenes de la construcción del giroscopio que Ratín tenía grabadas. Las emociones pasaban por la cabeza del gnomo provocándole tristeza a la par que alegría, no había cumplido su sueño pero su amigo estaba con él.

-Vagorrio, me gustaría darte algo. – el gnomo le tendió una caja al tauren.

El tauren abrió la cajita y dentro halló una fotografía de ambos junto a los restos del giroscopio que reposaban en el sótano. Vagorrio miró a Ratín a los ojos con una lágrima asomando en los ojos.

-Muchas gracias por todo amigo, te quiero. – con esas palabras el tauren no sólo había agradecido a Ratín su regalo, sino todo su tiempo juntos.

 

Dedicado a mi amiga Nova por ayudarme a encontrarle nombre al gnomo


Un comentario

  1.   eimo dijo

    Genial!

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