Un Nuevo Comienzo – Kalah&Vera – Lidia Contreras

El tauren Jannos Pezuña Ligera caminaba tranquilamente por los bosques de Feralas como hacía todas las tardes. Le gustaba aquel hermoso lugar. Eran tan frondoso, tan natural, tan lleno de vida. Le encantaba pasear entre los árboles, las plantas, las flores y los animales. Comunicarse con la madre tierra y escuchar atentamente sus sonidos. Los pájaros, el viento y los árboles que se movían a su merced.

Sin embargo, no era el bello sonido de los animales lo que escuchó Jannos en aquel momento. El viento le trajo los angustiosos gritos de dolor de una mujer. Asustado, Jannos acudió a la naturaleza en busca de ayuda y los matorrales se apartaron del camino mostrándole la dirección. Rogando a la madre tierra que le ayudara a llegar a tiempo se transformó en un gran león marrón y corrió en dirección a los gritos. Muchos animales escucharon su llamada. Mariposas, pájaros, insectos, incluso ardillas corrieron a su lado. Sin embargo cuando parecía estar ya cerca, el sonido cesó.

– Lo siento, he llegado tarde. – Pensó.

Se acercó, ya más despacio al lugar. El silencio era absoluto. Prevenido se ocultó sigilosamente entre los arbustos y se asomó a la zona. Unos sangrientos lobos abandonaban en ese momento el lugar frente a él. Su víctima yacía en el suelo en un claro entre los árboles. Cuando estuvo seguro de que los lobos se habían marchado para no volver se acercó a ella apesadumbrado. Era una mujer trol cuyo cuerpo había quedado destrozado. A su lado había una daga, que no le había servido de mucho frente a la manada que la había atacado. En ese momento le invadió una tremenda pena por no haber podido evitar la muerte de un ser inocente. Acudió de nuevo a la naturaleza y la tierra respondió, removiéndose bajo la mujer que empezó a hundirse en ella hasta que quedó sepultada. Un arbusto cercano extendió sus raíces e hizo crecer una hermosa flor en el lugar.

Jannos se sentó en el suelo dando las gracias por la ayuda recibida pero notó un movimiento cerca de él. Temiéndose el regreso de los lobos, se giró rápidamente, pero allí no había nada. ¿Se lo había imaginado? No, él sabía que no. Quizá no eran los lobos, pero algo o alguien le observaba cerca, detrás de los matorrales. Clamó a la naturaleza una última ayuda, dando por ella fervientemente las gracias y los cercanos arbustos respondieron separándose lentamente dejando a la vista algo sorprendente.

– Por los ancestros, ¿qué significa esto? – Se preguntó en voz alta.

A unos metros frente a él, donde antes habían estado los arbustos había dos pequeños animales. Pero no, aquello no eran animales. Lo supo en cuanto los vio. No eran solo sus llamativos colores y sus formas, si no esos expresivos ojos que lo miraban. El más cercano a él era un osito azul con una melena amarilla que le recorría la pequeña espalda. Le miraba como si fuera a atacarle de un momento a otro. Eso le hizo bastante gracia. No sabía muy bien que era, pero al menos era valiente. El otro animal era un pequeño tigre gris de ojos verdes y cresta blanca. Se escondía asustado detrás del oso y le miraba de una manera tan triste, que Jannos no pudo más que compadecerle. Se acercó lentamente a ellos. El osito gruñó y enseñó los colmillos, entonces Jannos paró y se sentó en el suelo frente a ellos.

– No voy a haceros daño – Les dijo como en un susurro para tranquilizarlos, aunque no sabía si entenderían su lenguaje.

Entonces le habló a una plantita cercana de vistosas flores. Estas acudieron encantadas a su llamada y crearon un pequeño jardín colorido a su alrededor. Unas mariposas cercanas también accedieron a su buen deseo y bailaron a su alrededor presumidas, mostrando todos sus colores.
El tigre fue el primero en moverse. Su mirada había cambiado, Jannos vio en ella curiosidad y afecto, quería jugar también con las mariposas y tocar esas bonitas flores. Sonrió al pequeño tigre y le extendió una mano ofreciéndole una mariposa que en ella se había posado.

Aunque tardó unos segundos en reaccionar, el diminuto tigre se echó a un lado y caminó despacio hacia él. El osito le gruñó. Estaba claro que no se fiaba en absoluto del tauren. ¡Qué gracia le hacia aquel pequeño oso! Cuando el tigre se había acercado lo suficiente, se paró a olisquear una flor roja que Jannos tenía cerca de una de sus pezuñas. Le miró afectuoso y el tigre le devolvió la mirada contento. Entonces su cuerpo cambió, la forma de tigre desapareció, el pelaje gris de rayas granate se esfumó, y la cresta blanca se transformó en el pelo repleto de trenzas de una niña. Una pequeña niña trol.

– Vaya… ¿Cómo es posible? – Nunca antes había visto artes druídicas en un trol. Pero entonces comprendió. – Que inteligente es la madre tierra acudiendo a ayudar a quien lo pide con afecto.

La niña se acercó a él sonriente y el tauren la cogió dándole un abrazo, entonces se dio cuenta de que le tocaban una pezuña. El oso también había desaparecido y en su lugar había otra niña trol con una gruesa trenza amarilla que, aún con mirada desconfiada y ceño fruncido, se dejó coger también y no rechazó el abrazo que aquel ser tan grande y peludo le ofrecía.

– Nos os preocupéis, la naturaleza os ha salvado y yo cuidaré de vosotras. – Les dijo con cariño.
– ¡Kalah! – dijo la niña de pelo blanco, que parecía ser la más pequeña de las dos.
– ¿Cómo dices? – le preguntó sorprendido el tauren.
– Kalah – repitió la niña sonriendo.
– Verah – dijo entonces la que Jannos pensó que era su hermana mayor.
– ¿Así os llamáis? – Preguntó el tauren entre risas. Eran tan graciosas.

Entonces se levantó de la tierra dándole las gracias por tanta ayuda y por salvar a las pequeñas y tomó el camino de regreso a casa rebosante de felicidad y con Kalah y Verah en brazos.


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