Destino: Prefacio
Destino: CapĂtulo I
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Mientras el sonido se acercaba, pude ver como aquel extraño se apresuraba en guardar aquello que habĂa sacado del cofre en un pequeño petate que llevaba. Mi mente se puso en marcha, aquella habitaciĂłn no tenĂa ventanas, si Ă©l querĂa salir de allĂ debĂa hacerlo por la puerta y yo estaba allĂ… ¡me verĂa!. Con el ruido de las placas poco importaba si hacĂa ruido. De un salto me alejĂ© de la puerta y me coloquĂ© tras la columna. Castius, el guardia del Obispo DeLavey, se quedĂł mirándome.
– ¿Naini?
Se escuchĂł el ruido del cofre al cerrarse. Castius tambiĂ©n lo habĂa oĂdo, desenfundĂł la espada y se colocĂł el escudo. ParecĂa como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
SentĂ como si algo se moviera a mi izquierda, pero antes de poder siquiera mirar notĂ© como algo frĂo y duro golpeaba mi cabeza. AllĂ me quedĂ© inmĂłvil, no podĂa controlar mi cuerpo y mi cabeza daba vueltas. Pude ver como lo que parecĂa una transparencia de aquel no-muerto se acercaba a Castius sin que pudiera hacer nada por avisarle. Pero Ă©l me miraba como si se hubiera dado cuenta de algo muy importante. La transparencia se colocĂł tras el guardia, levantĂł la mano, donde aferraba una daga. PensĂ© que allĂ acabarĂa todo. Pero justo en aquel instante, bajo los pies del Protector y formando un perfecto cĂrculo surgiĂł del suelo una alfombra de fuego, como los rescoldos ardientes de una hoguera. Aquel ser se convirtiĂł en algo tangente. Sorprendido, se alejĂł del cĂrculo. Castius, que ya lo habĂa visto, lo seguĂa lentamente. Ambos se alejaban de mi.
PodĂa ver como se tanteaban, se observaban y medĂan sin palabras. Y todo comenzĂł.
En el tiempo de un pestañeo, antes incluso de que pudiera darme cuenta de lo que habĂa pasado el no-muerto se encontraba a la espalda de Castius, moviendo sus dagas a gran velocidad. Éste se girĂł lanzando su espada con toda la fuerza sobre su oponente que con un paso lateral la esquivĂł y girando alrededor de Ă©l le clavĂł la daga en el costado.
En aquel momento tomé conciencia de mi cuerpo, justo cuando se escuchaban como se acercaban a la puerta principal numerosas y fuertes pisadas.
El extraño se alejĂł de un salto mientras me arrojaba una pequeña estrella metálica y dentada. DifĂcil serĂa saber si Ă©l fallĂł o yo la esquivĂ© de alguna extraña manera, pero aquella estrella se clavĂł en la piedra de la columna justo a la altura de mi cabeza. Me mirĂł extrañado y con un leve chasquido se desvaneciĂł justo cuando la puerta se abrĂa y entraban algunos soldados de la guardia real. No debĂan venir por el extraño, pues se quedaron paralizados cuando vieron la escena: un PaladĂn de la Luz herido, sangrando y retorciĂ©ndose de dolor en el centro de la Catedral y una joven en camisĂłn, descalza y abrazando una columna. Mientras se recuperaban desclavĂ© la estrella y la guardĂ©.
Uno de los guardia avanzĂł.
– ¿Qué haces aqu�
– Se desvaneciĂł, Sam, se desvaneciĂł- repetĂa mientras miraba el lugar donde hacĂa un momento se agazapaba el no-muerto.
Sam comprendiĂł en un segundo todo lo que habĂa pasado.
– Real, llama a Shaina, dile que traiga contravenenos. Mile, da la alarma y vosotros, peinad la Catedral, parece que tenemos…un pĂcaro- me mirĂł y me agarrĂł de un brazo – Vamos, debo llevarte de vuelta al orfanato. Ya pasĂł todo, ya pasĂł, no temas.
Pero no estaba asustada. RepetĂa en mi mente lo que acababa de ver. Nunca habĂa visto a alguien luchar de aquella manera. Cuando algunos de mis compañeros decidieron unirse a la lucha los habĂa visto entrenar, con sus espadas, con su fuerza. HabĂa visto el entrenamiento de las artes de la Luz en la Academia de la Catedral. Pero jamás antes habĂa visto nada parecido a aquello.
– ¿Qué era, Naini?- preguntó Sam, mientras cruzaban la plaza.
– ¿Qué?
– ¿Lo que os atacó? ¿Era humano?
– No creo que eso pudiera ser humano, creo que era un no-muerto.
– Ya veo- quedó pensativo un momento-. Las cosas estarán revueltas por la ciudad. No daré la alarma general, de momento sólo parece haber una de esas… ratas- un sentimiento de ira manchó aquellas palabras- Aún asà te aviso a ti.
No pude entender ese sentimiento agrio que le embargĂł, comprendĂa que le doliera que un extraño entrara en la Catedral e hiriera a un soldado, pero tachar de rata a todos los suyos, al fin y al cabo todos luchabamos contra la misma amenaza, Âżo no?
– Sam… Âżun pĂcaro? Nunca habĂa visto nada igual.
Sam debiĂł de notar el tono de admiraciĂłn que habĂa en mi voz..
– No deberĂa asombrarte asĂ. Es cierto que no los habrás visto y aunque hay algunos entre las filas de la Alianza casi nunca sabrás quien es uno de ellos a menos que haya alguno en la hermandad a la que pertenezcas, suelen pasar por comerciantes o viajeros. O tal vez, los hayas visto con las caras cubiertas por sus máscaras de cuero. No son gente de fiar. Suelen ser mercenarios por cuenta propia. Pertenecen a sociedades secretas… no se. No son buena compañĂa.
– No. Es más bien su forma de moverse, de luchar, lo que me ha sorprendido. Nunca…
– ¡Shellene!- Llamó Sam, cortando la conversación.
Frente a nosotros una mujer rubia y entrada en años, en bata y con cara de preocupación nos miraba desde la puerta, en lo alto de las escaleras.
– ¡Naini!-llamó Shellene-¿se puede saber que ha pasado?
– Bueno, yo me voy. Ya sabes nada de salir. Hasta luego- se despidió Sam.
Por la Plaza ya se veĂa un nĂşmero cada vez mayor de guardias.